Se cumplen 50 años de la muerte del nobel de
Literatura Albert Camus, figura clave del existencialismo y defensor de que la
vida es una búsqueda de la dicha interrumpida por el absurdo. María Casares, la
gran actriz gallega del siglo XX, fue la musa del escritor y figura clave en
sus ideas y en su vida.
La historia de la actriz gallega –y probablemente española- más grande del siglo XX es la de una triste princesa de cuento de hadas. Una niña perdida –como Ofelia en El laberinto del fauno- que escapa de los monstruos, la hija de un rey que huye del reino invadido. El viaje de María comienza a los dieciseis años cuando acompaña a su madre al exilio en Francia. Ser hija de Casares Quiroga, Jefe de Gobierno de la República con Azaña hace que su vida corra peligro en España.
Cuenta
María en sus memorias que tuvo que ser fuerte en aquellos tiempos, fuerte por
su madre y por ella. Habían salido de la sartén para caer de lleno en las
brasas, pues pronto París fue ocupado por los nazis. Cuando miraba por la
ventana a los descerebrados haciendo el paso de la oca, por su cabeza pasaban
“tristeza por la humanidad y miedo por mi seguridad”. Pero ello no le impidió
cumplir el sueño que siempre había alimentado su espíritu. Quería ser actriz.
Llamo a mi padre por teléfono en mitad de la redacción del texto. Se que él asistió a una representación de Casares, en Argentina, allá por los 60. “Tenías que haberla visto hacer Yerma. No me llegaba la camisa al cuerpo de la emoción. Cuando gritó aquello de ¡Yo misma he matado a mi hijo! me cayeron dos lagrimones”. Cuelgo con sensación extraña, de oportunidad perdida. Puede que la haya visto en DVD, pero esos momentos y esa energía que la gallega ponía sobre las tablas, esos no volverán.
Vuelvo a la biografía, abordando el momento que define este reportaje. Al fin y al cabo estamos en el 50 aniversario de Camus. Deberíamos hablar un poquito sobre él. Claro que, conociendo su manera de ver el mundo, le habría gustado que un reportaje al medio siglo de su muerte se centrase en la que fue la más grande de sus amantes.
Cuando conoció a Albert Camus, supo a lo que se exponía. El lío con el escritor era un asunto escandaloso, porque estaba casado, porque el affaire era público y porque a ambos les importaba un bledo lo que pensase nadie. Se conocieron en el París del 44, con todo lo que ello implicaba. Acabada la guerra, María había huido de un fascismo y visto derrumbarse a otro. Encontrarse física e intelectualmente con un intelectual profundo y con raíces españolas fue como beber agua de su propio pozo.
Hay que
salir de España, acudir a los biógrafos alemanes e ingleses de Camus para comprender
que Casares, junto a Sartre, fue la figura más definitoria en el pensamiento
del Nobel. “Ella es enorme, se come la escena, me llena el corazón de energía y
ganas de vivir. Cuando me susurra al oído cambia mi forma de ver el mundo, no
sólo por cómo lo dice sino por lo que dice”, escribiría en una carta en 1946.
Sartre le dio a Camus la idea de la absurdidad de la vida. Casares le quiso
enseñar que el sentido de la existencia es la dicha.
El intelectual francés juntó ambos conceptos y dibujó en sus escritos, pesados como el plomo, una verdad dura como el hierro: puesto que la vida es una repetición de días sin sentido, exprimir de ellos cada instante de felicidad es el único modo coherente de vivir. Decían de él los críticos del Régimen franquista que para ese viaje no hacían falta alforjas, que de toda la vida los españoles habíamos tenido el refrán “bebe que la vida es breve”. Viéndolo con retrospectiva, igual era esa frase –o alguna variante más física- lo que le susurraba la Casares al oído.
Hablando de brevedad. En sus textos Camus emplea un par de veces el accidente de automóvil como ejemplo de ese golpe del destino, carente de significación, que termina con la lucha ciega que habíamos llevado hasta el instante de morir. ¿Intuiría ya él que se la iba a pegar en una recta y contra un árbol en 1960? No lo sabemos. María Casares cuenta que cuando supo la noticia fue como haber perdido la mitad del alma de un soplo, y que en las terribles noches de insomnio que siguieron repasó mentalmente todo lo que se habían enseñado, concluyendo que con su muerte involuntaria, repentina e ilógica había hecho más por demostrar sus ideas que con medio centenar de novelas.
Ahí queda el recuerdo de este aniversario. Sesenta y cuatro años desde que María Casares conoció a Camus, cincuenta desde que la muerte le impidió seguir “perdiéndome en su cuerpo cada vez que puedo”. Espero que este reportaje a la inversa, y por tanto absurdo, le haya arrancado una sonrisa a su fantasma repeinado.
Publicado originalmente en La Voz de Galicia
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