Así nos pasa muchas veces a los periodistas con la economía. La bolsa es como la farola, que ilumina un área determinada. Importante, sí, pero que no deja de ser un pequeño fragmento de un área mucho mayor, y que para colmo ni siquiera es la que de verdad nos da la medida del auténtico drama económico que podamos vivir en determinado momento.
Las bolsas suben y bajan con una facilidad extrema. Las acciones de Apple valían hace un año 78 dólares, y hoy valen casi 200. Si usted se hubiera comprado diez mil acciones hace un año, hoy ingresaría cien mil euros. ¿De qué es eso indicativo? De que usted tenía mucho dinero hace un año y hoy tiene muchísimo más. No nos indica cuántas familias hay en bancarrota, por ejemplo. Los mil hogares que se declararon en concurso de acreedores el año pasado (132% más que el año anterior) no lo hicieron por culpa de la bolsa (que no paró de subir durante el año 2009) ni por culpa de una conspiración de inversores y medios, como dice Pepe Blanco.
La bolsa no es dinero líquido, no es el pan nuestro de cada día ni el medidor de la capacidad de trabajo o endeudamiento de los españoles. Simplemente es una estimación del valor de las grandes empresas en bolsa, que suele ir hacia arriba más que hacia abajo. Un desplome de un par de días, o semanas, no significa gran cosa más que un montón de gente con pasta queriendo hacer más.
Todo lo demás es buscar las llaves bajo la farola.
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